Sensaciones Románicas

Sensaciones Románicas: Una invitación a descubrir el Románico

Ante la proposición de nuestro presidente a colaborar en este «Cuaderno de Bitácora», me propongo publicar una serie de artículos bajo el título de «Sensaciones Románicas». En ellos intentaré compartir con los lectores mis experiencias, mis descubrimientos y, sobre todo, las emociones que me ha suscitado el encuentro con el arte románico. No pretendo otra cosa que transmitirles mi entusiasmo y animar a descubrir, por sí mismos, la magia que encierran estos edificios. Con esta intención, doy comienzo al primero de los artículos de la serie.

Posiblemente, la contemplación de la pequeña iglesia de Santa Cecilia, en Vallespinoso de Aguilar (Palencia), fue el revulsivo que despertó en mí la necesidad de conocer más a fondo el mundo románico. Quizá sentí algo parecido a lo que José María Pérez, “Peridis”, expresa en el prólogo de la publicación de Cristina Párbole “¿Qué hay detrás del románico palentino?”, cuando escribe:

Vallespinoso de Aguilar (Palencia) Iglesia de Santa Cecilia

FOTO 1: Vallespinoso de Aguilar (Palencia): Iglesia de Santa Cecilia

«A mí me gustan los paisajes ondulados con colinas boscosas o peladas, con prados y trigales jugando a pintarse de verde, y cuando en una de esas lomas o colinas hay una ermita, el paisaje cobra otro significado porque se convierte en un paisaje trascendente. Y si esa ermita se ha encaramado a una roca en las afueras de una pequeña aldea que se llama Vallespinoso, y en sus ventanas interiores y exteriores, en los canecillos de la cornisa y también en las arquivoltas de la portada han trabajado unos escultores virtuosos con una piedra blanquecina de una cantera cercana, no se puede pedir más al paisaje. ¿Verdad, amigo?».

Descubrir el encanto de esta pequeña ermita fue, quizá, el punto de partida de mi particular aventura por el mundo románico. Hay algo en él que atrapa, una especie de fascinación difícil de explicar que, lejos de agotarse con el conocimiento, parece acrecentarse a medida que uno profundiza en sus formas, sus espacios y sus misterios. Es una atracción casi hipnótica que invita a seguir descubriendo, a mirar una vez más y a detenerse ante aquello que, en una primera visita, pudo pasar inadvertido.

El Románico no busca deslumbrarnos con la perfección técnica que alcanzará la arquitectura gótica. Su encanto reside, a menudo, en la sencillez de sus formas, en cierta ingenuidad expresiva, casi infantil, que no está exenta de intención ni de profundidad. Hay en sus muros, en sus capiteles y en sus esculturas una espontaneidad que conmueve, una manera de expresarse que parece ajena al artificio y que, precisamente por ello, está cargada de poesía.

Mi interés por este arte había comenzado a despertar tiempo atrás, gracias al descubrimiento de la colección “Évocation de la chrétienté romane”, de Zodiaque, en su edición española publicada por Ediciones Encuentro. Aquellos libros me abrieron una puerta que ya nunca volvería a cerrarse. La lectura y el estudio fueron alimentando mi curiosidad, pero necesitaba algo más: acercarme a los edificios, recorrer los pueblos, contemplar las iglesias en su entorno y experimentar personalmente aquello que las imágenes y los textos apenas podían sugerir.

Barrio de Santa María (Palencia) Ermita de Santa Eulalia

FOTO 2: Barrio de Santa María (Palencia): Ermita de Santa Eulalia

Así, la montaña palentina se convirtió en uno de mis primeros territorios de descubrimiento. Después llegaron muchos otros viajes, por la geografía española y por lugares más alejados, siempre con el mismo deseo: encontrarme con esos testimonios del pasado que, tantos siglos después, siguen ahí, silenciosos, aguardando la mirada de quien sepa detenerse ante ellos.

De esa combinación de estudio, viajes y contemplación nace mi deseo de compartir estas experiencias. Me gustaría transmitir a otros la emoción que yo mismo he sentido tantas veces y despertar en ellos la curiosidad por una arquitectura que, a pesar de su antigüedad, conserva una sorprendente capacidad para conmovernos.

Son numerosas las publicaciones eruditas dedicadas a la arquitectura románica, muchas de ellas fruto de rigurosas investigaciones universitarias. No pretendo competir con ellas ni adentrarme en un terreno que exige otros planteamientos. Mi propósito es diferente: acercar el Románico al lector mediante una exposición sencilla, comprensible y, sobre todo, personal. Me interesa menos acumular datos que transmitir aquello que esos datos, unidos a la experiencia directa, me han permitido descubrir y sentir.

No quisiera que estas líneas fueran un relato de viajes, un estudio académico ni una guía exhaustiva de monumentos. Nacen, sencillamente, del encuentro personal con una serie de edificios románicos que, en distintos momentos y lugares, han dejado en mí una huella difícil de olvidar.

Porque el Románico no siempre se impone por la grandiosidad o la espectacularidad de sus construcciones. Muchas veces nos conquista de una manera más discreta: por su relación con el paisaje, por la armonía de sus proporciones, por la penumbra de sus interiores, por la luz que se filtra a través de una ventana estrecha o por el silencio que parece haberse quedado a vivir entre sus muros.

Cada edificio tiene su carácter, su propio ritmo y una manera particular de recibirnos. Algunos nos sorprenden desde lejos, recortados sobre una colina; otros nos obligan a acercarnos despacio, a descubrirlos entre las casas de un pequeño pueblo o al final de un camino. Los hay que nos cautivan por la fuerza de su arquitectura y otros que nos retienen por un capitel, una figura esculpida o un detalle que, a primera vista, parecía insignificante.

Sotosalbos (Segovia) Iglesia de San Miguel

FOTO 3: Sotosalbos (Segovia): Iglesia de San Miguel

Mi intención es detenerme en esas impresiones: contar cómo se presentan ante mis ojos, qué despiertan en mí y qué permanece en mi memoria cuando me alejo de ellos. Me gustaría que el lector pudiera acompañarme en esas visitas y que, al hacerlo, sintiera el deseo de emprender las suyas propias.

Si estos textos consiguen despertar la curiosidad de alguien, animarle a visitar una pequeña iglesia olvidada o invitarle a contemplar con otros ojos un monumento que creía conocer, habrán cumplido sobradamente su cometido. Porque el verdadero conocimiento del Románico no se alcanza únicamente leyendo sobre él: hay que acercarse a sus edificios, recorrer sus espacios y dejar que nos hablen desde su silencio.

Me alegraría pensar que, al terminar la lectura de alguno de estos párrafos, alguien sintiera la necesidad de preparar una excursión, de desviarse de su ruta habitual para visitar una iglesia o de detenerse unos minutos más ante una portada esculpida. Quizá entonces comenzará a comprender aquello que yo mismo sigo descubriendo: que el Románico no es solamente un legado artístico que debemos estudiar y conservar, sino también una experiencia que merece la pena vivir.

Con el tiempo, y a medida que avanzaba en mi estudio, fui elaborando clasificaciones, resúmenes y apuntes que me ayudaran a desentrañar la complejidad de este arte y a comprender las relaciones entre la arquitectura y las distintas manifestaciones artísticas que la acompañan. Era un trabajo necesario, incluso apasionante, que me permitía ordenar conocimientos, establecer relaciones y reconocer las características de cada época y de cada edificio.

Sin embargo, poco a poco fui descubriendo algo que no había previsto: el estudio técnico, por riguroso que sea, no basta para comprender plenamente lo que estos lugares pueden ofrecernos. Las piedras, los capiteles, los muros y las bóvedas nos hablan de quienes los construyeron, de sus creencias, de sus conocimientos y de su manera de entender el mundo. Pero también guardan silencios. Y es precisamente en esos silencios, tan frágiles como intensos, donde a veces comienzan a revelarse significados que difícilmente encontraríamos en los libros.

Oliván (Huesca) Iglesia de San Martín

FOTO 4: Oliván (Huesca): Iglesia de San Martín

Para percibirlos es necesario concederse tiempo. Mirar sin prisa. Dejar que la vista se acostumbre a la penumbra, que los detalles vayan apareciendo y que el edificio nos revele poco a poco aquello que una mirada apresurada no alcanzaría a descubrir. Hay que aprender a observar, pero también a escuchar interiormente lo que ese espacio despierta en nosotros.

Fue entonces cuando empecé a sentir que me adentraba en un territorio diferente, casi íntimo, en el que la razón analítica se abría paso hacia la emoción. La arquitectura dejaba de ser únicamente un objeto de estudio para convertirse en una experiencia personal. Ya no se trataba solo de reconocer estilos, identificar elementos constructivos o interpretar programas iconográficos, sino de percibir una presencia, de experimentar una emoción y de comprender que ciertos lugares poseen una capacidad singular para permanecer en nuestra memoria.

Son sensaciones sutiles, difíciles de explicar y, en ocasiones, imposibles de traducir en palabras. Surgen inesperadamente ante una imagen esculpida, en la quietud de una nave, al contemplar la luz sobre un ábside o al descubrir una pequeña iglesia en medio de un paisaje que parece formar parte inseparable de ella. A veces duran apenas unos instantes; otras nos acompañan durante años y regresan a nuestra memoria mucho después de haber abandonado el lugar.

Quizá sea esa capacidad de permanecer lo que más me atrae del Románico. Sus edificios han sobrevivido al paso de los siglos, a las transformaciones de los pueblos y a las innumerables generaciones que han pasado ante ellos. Nosotros llegamos por un tiempo limitado, los contemplamos y nos marchamos, pero algo de ese encuentro queda en nosotros. Y, de alguna manera, cuando volvemos a recordarlos, sentimos que una parte de nuestra propia historia ha quedado ligada a esas piedras.

Eso es, en definitiva, lo que deseo compartir con quienes se acerquen a estas «Sensaciones Románicas»: no solo conocimientos, fechas, estilos o clasificaciones, sino la posibilidad de mirar estos edificios de una manera más personal, más atenta y más profunda.

Santo Domingo de Silos (Burgos) Claustro del Monasterio

FOTO 5: Santo Domingo de Silos (Burgos): Claustro del Monasterio

Me gustaría que, en sus propias visitas, los lectores descubrieran sus particulares motivos de admiración, que encontraran detalles capaces de emocionarlos y que experimentaran esa extraña cercanía que a veces sentimos ante una obra realizada hace tantos siglos. No es necesario ser especialista, ni conocer previamente la historia del arte, para dejarse conmover por la belleza de una iglesia románica. Basta con acercarse a ella con curiosidad, dedicarle tiempo y estar dispuesto a recibir lo que pueda ofrecernos.

Que cada piedra les hable, sí, pero que aprendan también a escuchar lo que no se dice y, sin embargo, permanece. Que descubran que, más allá de las formas, de la técnica y de la historia, existe un mundo de sensaciones personales que cada visitante debe encontrar por sí mismo.

Porque el Románico no termina cuando cerramos un libro ni cuando abandonamos una iglesia. A veces, precisamente entonces, comienza a vivir dentro de nosotros.

Y quizá sea esa la mejor razón para seguir buscándolo.